viernes, 21 de abril de 2017


Lucecitas de colores. Muchas lucecitas de colores. Te gustaba llevarme de la mano y que estuviera bien abrigada. Banderines de colores. El playón agrietado y los cables para las lamparitas de colores. Nunca entendía mucho de todo ese remolino y no importaba tampoco.
Después en la cocina llegaba el monstruo, ahí no había banderines y ya no me agarrabas de la mano. Y al otro día otra vez a la kermesse. Eso sí que estaba bien, de la manito y las manitos atrás, para que nadie pensara que iba a molestar o a romper algo.
Pero al final algo se rompió, mucho después. Y yo tiré la piedra, y no te moviste, y no dijiste nada. Y ya no hubo manitos, ni qué lindo todo. Los que martillan las cabezas a veces también saben de muchas flores y de poesía y de entereza. Horribles y hermosos a la vez. Y no me defraudaste, fue una postura decorosa. Lo nuestro es un tango, te tuve que decir. Y fue lo último que dijimos. Hacía mucho que habías entrado al reino de los fantasmas. Y ahora te puedo reverenciar y repudiar el horror. 

 







jueves, 20 de abril de 2017

Se despertó en medio de la mañana acobardada entre el acolchado blando. Las terribles resoluciones de la noche se habían ablandado en su almohada, sus manos habían soltado las sábanas y sólo un charco de sangre seca unía su nariz con la ferocidad de su corto insomnio.
Ni el mate cocido, ni el baño caliente, ni la salamandra le sacaron el gusto metálico de la boca. El propósito firme se había incrustado en su cráneo dando muchas vueltas, con gran lucha, como un destornillador.
Las sombras de los árboles no disimulaban el mediodía, claro, frío, exacto. Y ella no veía ya ni oía nada, solamente respiraba al compás de sus pasos inminentes, sus manos no temblaban ya, estaba rígida y suspendida como en un patíbulo. Y caminaba ahora, caminaba por la calle polvorienta bajo un sol blando y sobre el viento frío que la mantenía atenta. Por fin llegó a lo de su hermana.
- ¿Está Javier?
- Todavía no volvió del colegio.
- ¿Y Sergio?
- En el taller.
- ¿Todavía?
- Todavía.
La hermana estaba acostumbrada a extrañezas, pesares y dolores, no dijo nada más y siguió preparando el guiso para el almuerzo. Era mujer de pocas palabras, así que cuando cayó al suelo con el cráneo abierto, pareciera que era uno más de sus actos tristes, irremediables, rutinarios.
La otra miró con tristeza el cuerpo caído en la cocina, una cocina tan chiquita que el cuerpo quedó doblado y parecía como si buscara algo debajo de la mesa. Se quedó mirando a su hermana muerta, que a fin de cuentas estaba tan quieta y miserable como siempre. Se asombró de lo rápido y silencioso que fue todo, sólo una silla se volcó e hizo algún estrépito, pero módico.
La moto de Sergio le retumbó en el cerebro, rápida, tenía que ser rápida, pero no estaba preparada, ahora tenía miedo y actuó como un animal, se escondió con el cuchillo más grande y cuando el tipo entró, sin esperar nada, como una tromba le ensartó tantos cuchillazos que cayó con él al piso y siguió clavándolo sin ver nada y sin parar. Sólo al rato, cuando se quedó sin aire se dejó caer a un costado y comprobó que el amasijo que había sido Sergio era ya sólo eso.
Cerró puertas y ventanas. Se duchó y se puso ropa limpia de su hermana.
Después esperó a su sobrino al sol, en el jardincito de entrada.
- ¡Hola, Javier!
- ¡Hola, tía!
- ¿Y, te dieron el boletín?
- Sí.
Y Javier la abrazó y empezó a llorar.
- No te preocupes, Javi. Ahora el boletín te lo voy a firmar yo.




sábado, 18 de febrero de 2017

La fiesta está triste de globos y de colores. Las serpentinas cuelgan siniestras o se arrastran insidiosas entre el papel picado pisoteado, papel que ya no será escrito, ni siquiera prendido fuego; yace triturado y pisado.
Las tardes están tristes de chicos con mochilas absurdas y de chicos que los miran desde piedras tristes. La brisa mueve los flequillos y ninguno mira más que al piso que tienen que pisar.
El cielo está triste de globos de colores, vuelan, se desinflan y atragantan tortugas, peces, esperanzas. Quedan en mares, lagunas, tierras, ríos, chozas, cañaverales. Deslucidos y maltrechos, ¿qué va a ser de esos globitos miserables ahora?
Pareciera que la mañana todo lo barre, todo lo limpia, pero no, sólo derrite el plástico inútil, la esperanza inútil. Pero el viento viene en su auxilio y trae sonidos incomprensibles, sonidos insistentes, sonidos que acarician y que en su momento van a rugir, van a cantar, y van a bailar, pero solamente en ronda, solamente para quienes tengan manos que se puedan acariciar.


jueves, 16 de febrero de 2017

Soy un cornalito perdido. Una ola extraña me alejó del cardumen y me revolcó hasta esta canaleta donde los patones vienen a pescar. Tiran anzuelos con camarones ensartados, casi más grandes que yo, y las crías de los patones persiguen a otros pecesitos como yo con nubes de hilos plateados y los dejan que se asfixien y se quemen en la arena mientras vuelven a batir el agua con sus patitas largas y sus tramas de trampa.
Yo me oculto entre los pliegues plateados del agua al sol, entre las ondas y los reflejos, y si pudiera abriría más todavía mis ojos redondos, pero son siempre iguales, ojos de pez. A veces me muevo veloz porque mi columna siente la urgencia de las aguas que anticipan un barrido capturador. Otras me quedo quietito, quietito, que no me vean, que me camuflen las arenas y conchillas del fondo.
Soy un solo cornalito, no me puedo morir así, solito. En mar abierto muchas veces mi cardumen fue diezmado en medio de nuestra hermosa danza evasiva, las dentelladas y los cuerpos rotos giraban con las burbujas y se plateaban con el sol en una ronda veloz y voraz y esperanzada.
Pero en esta canaleta soy el único cornalito y quiero salir al mar profundo, aunque ya no encuentre a mi cardumen, porque sí voy a encontrar las corrientes fuertes, las aguas grandes, aunque ya sólo sea yo conmigo, aunque esté triste, pero enérgico.
Pero tengo que prestar atención ahora, si no me van a pescar. No quiero ni pensar en mi cuerpo debatiéndose tan solito.

Cornalito chiquitito,
pan rayado y limón.

¡No, no quiero, soy chiquito,
quiero terminar mi canción!

¿Tu canción? Ya no la escucho,
canta ya mi cucharón,
mi sartén, mi plato nuevo,
mi vino y un tenedor.




Francisco Sanmiguel "Los rastros del cardumen" Óleo/tela 30X36 cm.



sábado, 21 de enero de 2017

Creo que me voy a morir
una mañana de verano
o una tarde de invierno
o una noche de primavera.

Cuando suceda, y espero que falte mucho,
no voy a tener miedo, ni alegría,
ni flores cortadas, ni una gran alcancía.

Sí ruego a quién corresponda,
tal vez a mí misma, no sufrir dolor.
Sí sé que voy a sentir pena de viento,
de no acariciar más mi mundo,
de extrañar el oleaje fecundo,
de extrañar el frío y el calor.

Y quiero que mis lágrimas sean puras
y mi mirada serena,
quiero un techo de cielo
y una cama de arena.

Y cuando ya no respire
y las gaviotas se asombren
yo quiero una cuna sin nombre
entre algas y sal.


viernes, 18 de noviembre de 2016

Amargo te despierta y es dulce como el sol árido en boca seca, como semilla sin su ración. Y cuando la lluvia llega se ahoga panza arriba y termina de cantar su canción, como sapito huérfano de charca, como brillo que pide perdón.

¿A qué le tengo miedo, amor mío? ¿A la luna, a las estrellas o al sol?
Si supiera quién me hamaca no cantaría la canción.

Y me tomo todo el vaso, y me bebo todo el ron, hoy me crecieron margaritas y mañana soy pasto cimarrón.

Pero no veo claro, ni oscuro veo, ni un nubarrón; veo cien cristales profundos, un vuelo de ámbar y un tiburón.

Entonces, ¡ayuda, mi cielo!, ¡dame un beso, mi amor! Porque mañana soy pasto en las rocas y hoy mis ojos volaron al sol.